19/3/10

Relato de Laura Sánchez

A veces cuando paseas por la blogosferas te encuentras cosas curiosas, interesantes,tristes, alegres. Y como yo hoy estoy happy, pues me parece buena idea poner este relatillo para que os riáis un rato, que la risa es muy sana y hay que enseñar esa sonrisa. Dicho relato es de Laura Sánchez, autora novel que se ha estrenado con La Luz de Léoen. Podéis visitar su blog en el que encontraréis cosas parecidas a este relato.

El Relato se titula : Cuando maté a Godzilla



Era una noche de Agosto, hacía calor en la calle pero mi casa estaba fresca; suerte que vivo en un bajo, alguna ventaja tenía que tener. La tele como siempre me aburría, no había nada interesante a menos que la vida de Belén Esteban o cualquier energúmeno del panorama social español te importase. De modo que la apagué.

Entonces fue cuando escuché un extraño ruido en la cocina. Al principio no le di importancia ya que mi casa es sonora por sí misma, los desagües parecen dragones con ardores y en las cámaras de aire entre tabiques vive una comuna de ratas hippys, aficionadas a roer paredes.

Incauta de mí cogí el plato de la cena para llevarlo a la cocina. Lo dejé en el fregadero y agarré el estropajo (¡Sí!, friego el plato justo después de usarlo, soy un bicho raro, lo sé, pero más extraño aún era el bicho que me acechaba). Con ingenuidad me puse a fregar sin ser consciente de la horripilante criatura que en aquellos momentos me vigilaba, atenta a cada raspada de estropajo. Mi instinto me hizo girar la vista a la izquierda.

Dejé caer el plato en la cuenca del fregadero con manos de mantequilla tras la impresión.

Y allí estaba la criatura. Su piel era escamosa y de un tono marrón desvaído. El espeluznante reptil me miró con ojos vidriosos, pegado a la pared como un chupón a un desagüe atascado, probablemente estaba planeando su ataque para poder engullirme, se le notaba cara de hambre. ¡Era enorme! Mediría unos seis centímetros de largo, cola incluida.

¡¡Una lagartija en mi casa!!

De muchos he escuchado que tales seres son inofensivos, además de útiles, ya que por lo visto comen mosquitos. ¡Pero a mi no me sirven en esos menesteres! Para matar mosquitos ya tengo el matamoscas o el insecticida, que son más prácticos y menos escamosos. Y además estaba convencida de que la lagartija estaba maquinando algo, algo muy malo.

Con un gritito de señorita corrí cerrando todas las puertas que separaban mi habitación de la cocina. Me senté para intentar tranquilizarme, pues el miedo en la batalla es un mal compañero y cualquier movimiento en falso podría haber significado mi derrota. Mis esperanzas tanteaban la posibilidad de que algún caballero de brillante armadura, corcel blanco y espada de plata me librase de semejante engendro. Mientras fantaseaba con el bienhechor de carnes prietas y culito respingón, caí en la cuenta de que semejante ilusión era un imposible y que lo más probable, conociendo mi suerte, el que vendría a rescatarme sería el Fary con un caniche y un mondadientes. Así que me armé de valor y fui a enfrentarme con el bicho.

Con el sigilo de una caja de madera llena de termitas, abrí una rendija en la puerta de la cocina. Atrincherada en mi flanco analicé cada rincón con esmero, pero ella había desaparecido borrando sus huellas, encima aquella lagartija era muy lista. Aunque el factor sorpresa, esta vez, me daba cierta ventaja. Pero a pesar de que seis centímetros son muchos centímetros de reptil, no son suficientes para mi vista miope. Por más que agucé la vista no conseguí localizarla.

Todo el mundo sabe que cuando alguno de los sentidos anda un poco flojucho se intensifican los demás, yo tengo un super oído. De modo que me paré a escuchar algún indicio de presencia reptiliana.

¡¡Al fin se dejó ver!! Probablemente mi determinación y mi seguridad la pusieron nerviosa y por eso correteó delatando su posición.

Di un gran salto, acompañado de un grito, porque había estado al lado de mi pie durante todo ese rato. Después de que se escondiese debajo de un mueble tuve la sensación de que la lagartija daba por perdida la batalla, seguramente no se esperaba mi arrojo y valentía. Lo peor de aquello era que ahora estaba fuera de mi alcance; una maniobra muy habilidosa, desde luego… Así que no me dejó otra opción y tuve que recurrir al ataque con armas químicas. Con el insecticida rocié los bajos del mueble y tras unos segundos apareció dando tumbos.

Gritando y agitando los brazos en el aire como si quisiera salir volando, salté de un lado a otro mientras el bicho correteaba entre mis pies. En uno de mis saltos, cuando posé el pie en el suelo, sentí un crujido debajo de mi zapatilla.

Dejé de lado el baile de Sambito y, levantando lentamente el pie, pude comprobar que al terrible bicho se le había tronchado la cabeza. La examiné un poco más cerca para ver que estaba muerta y que, seguramente, iba camino del cielo de los reptiles (un lugar horripilante).

Con aire triunfal (y algo más tranquila) cogí del frigorífico una cerveza para celebrar la victoria y brindar en memoria de Godzilla.


Sí os ha gustado dejadle un comentario en esta entrada a la autora, que seguro que le hace mucha ilusión.

2 comentarios :

  1. Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

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  2. Gracias por poner mi relato en tu blog :) Me alegro mucho de que te gustase y te rieras un rato con él.

    Un abrazo.

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